URRACA.com |
EL ENCANTO DEL OTOÑO  /  PAULA HERVÁS JIMÉNEZ  / 10-11-2015
Debo confesar que siempre me han atraído los meses de octubre y noviembre por aquello de olvidar los calores sin llegar a sufrir los fríos inviernos de la meseta pero la experiencia de este año me ha dejado fascinada.
Ya en la primavera los meteorólogos venían avisando que el pasado verano iba a ser un verano muy caluroso, así que decidí posponer mis vacaciones y pasar los meses de calor en la oficina trabajando donde el aire acondicionado te hace sentir más relajada y con más ganas de trabajar, dejando mis días de descanso para el mes de octubre.
Todo empezó en mi primer día de viaje desde mi ciudad Toledo hasta Sanxenxo donde vive y trabaja una buena amiga que hacía años insistía en que fuera a pasar unos días con ella. Programé mi viaje empezando por Galicia con la idea de recorrer todo el norte de España que seguía siendo mi gran desconocida. Siempre me había atraído más la costa mediterránea  por ser una enamorada de la playa.
Pero ya estoy en Sanxenxo y mi amiga me ha preparado un cena con unos cuantos amigos con los que ella siempre suele disfrutar de ese encantador lugar. Las vistas que se observan desde el restaurante son tan espectaculares que no puedo por menos que levantarme y acercarme al gran ventanal para impregnarme de tanta belleza. Las luces de las pequeñas embarcaciones en la ría me fascinan. La grandiosidad de la ría me hipnotiza y me transporta a un sueño que tuve de niña en el que me convertía en una gaviota y surcaba los mares hasta llegar a un mundo nuevo en el que sólo había, mariposas de todos los colores. Muchas mariposas que volaban de flor en flor y me acompañaban en mi vuelo del que no hubiera querido despertar nunca.
Pasé una semana recorriendo Galicia desde Ourense hasta La Coruña pasando por Santiago y debo reconocer que es una tierra encantadora tanto por su espectacular e incomparable orografía como su gastronomía y especialmente por su gente tan amable y siempre dispuesta a ayudar.
La semana siguiente fui directamente hasta Gijón. Qué bonita ciudad. Nunca me lo había imaginado así. Pensaba en Gijón como una ciudad muy industrial, algo así como me pasó con Bilbao. Pero ambas ciudades, según pude saber por la gente con la que tuve contacto, no tiene nada que ver con lo que anteriormente habían sido que es como yo las imaginaba. Los dos días que pasé en Gijón fueron unos días llenos de satisfacciones personales.  No imaginaba que allá encontraría a un compañero de curso de la universidad en Salamanca y menos aún de la manera que lo encontré. Un niño que corría por la acera con una bicicleta estuvo a punto de atropellarme y su papá le riñó por el poco cuidado que tenía. Al dirigirse a mí para pedir disculpas, nuestras miradas se cruzaron y una explosión de alegría salió de nuestras gargantas. Ohhhh, eres tú.
Papá y niño iban en busca de mamá y mi amigo me pidió que los acompañara. Como estaba de vacaciones y sin ningún plan concreto los acompañé y conocí a su encantadora esposa. Comimos juntos en un restaurante en la playa y pasamos buena parte de la tarde charlando y recordando nuestros años universitarios. Nuestras salidas nocturnas por la plaza Mayor de Salamanca, Plaza Anaya, las Casetas de las Ferias de Septiembre. Cuantos recuerdos revivimos.
Mi viaje continuó hacia Santander, Comillas, Santoña y Castro Urdiales. Aquí viví unos días de tranquilidad disfrutando de los preciosos lugares a pesar de que el tiempo no acompañó. Ya tenía noticias de que por esta zona el tiempo acostumbra a hacer cosas raras pero aun así disfruté mucho porque no todos los días fueron de lluvia y viento.
Mi siguiente etapa era Bilbao. El hotel lo tenía en Getxo y desde este punto me fui desplazando a Bilbao, Barakaldo y Portugalete. Bilbao me gustó mucho, quizás porque me lo imaginaba como antes he dicho, una ciudad muy industrial, llena de humos por sus enormes chimeneas y al verlo todo tan diferente quedé gratamente sorprendida.
Toda la ría es fabulosa. Las noches por ambos lados de la misma son para repetir y recomendar a los amigos.
Quería pasar sólo dos días en esta zona pero había demasiadas cosas para visitar y se convirtieron en cuatro. Así que el mes iba avanzando y el tiempo empezaba a empeorar por lo que me cuestioné seguir mi viaje o quedarme algunos días más y regresar a mi casa y descansar antes de comenzar a trabajar nuevamente.
Me faltaba visitar el Museo Guggerheim y ya tenía tanto mi móvil como mi cámara de fotos a tope, así que por la noche me quedé a cenar en el hotel y después aproveché para pasar todas las imágenes al portátil y dejar espacio libre.
Al llegar al museo, oh que espectacular es madre mía, me encontré con dos colegas de TVE que estaban trabajando en un reportaje sobre las impresiones que los visitantes sacaban de su visita al museo. Hablamos de nuestras experiencias sobre Bilbao, el Museo y su entorno. Yo comenté que estaba dudando en seguir hasta Donosti o volverme para Toledo porque ya empezaba a sentirme un poco cansada a lo que el cámara de TVE me recomendó que si quería volver para casa lo hiciera pasando por La Rioja y me detuviera aunque sólo fuera dos días. En plan de vacaciones será una buena experiencia. Él me hizo un plan de lo que sería interesante visitar. Parte de la Rioja Alta: Haro, La Guardia, Santo Domingo de la Calzada, Ezcaray y por supuesto su capital Logroño.
Así que como ya no me queda mucho tiempo de vacaciones dejo Donosti para otra ocasión y me dirijo a Haro. La primera impresión es de un pueblo lleno de edificios sin control. Las casas amontonadas con aspecto de ciudad vieja y quizás un poco abandonada. Por la noche en el hotel me recomiendan hacer el recorrido de la herradura. Me muestran en el plano las calles típicas para tomar vinos y tapas. La recepcionista se ofrece para acompañarme al terminar su turno. Es una joven encantadora y las dos nos vamos de vinos por las calles de Haro. En el primer bar encontramos varios amigos de Lucia, la recepcionista del hotel. Nunca he visto gente tan simpática, tan amable y tan acogedora. Al tercer bar yo ya era una más de aquella pandilla de amigos y mi cabeza empezaba a dar las primeras señales de que el vino empezaba a hacer efecto. Lo comenté entre la cuadrilla y alguien me recomendó que en vez de vino tomase mosto. Yo no sé si el mosto tenía o no tenía alcohol pero mi cabeza me decía que no podía seguir mientras todos aquellos amigos seguían casi como al principio. Sentí una gran pena al dejarlos porque el ambiente era inmejorable pero tenía la impresión de que si continuaba acabaría mal.
Cuando desperté en mi habitación y vi las extensiones de viñedos con aquellos colores entre amarillos y rojos pensé que mi borrachera había sido mucho peor de lo que suponía y estaba aún catatónica sufriendo alucinaciones. Nunca había visto nada igual. Aquello era un sueño.  
Me tomé un zumo de piña y una ensaimada, tomé mi cámara de fotos, monté en mi coche y salí pitando a visitar aquellos viñedos y tomar fotos sin parar porque no quería perderme ni uno sólo de aquellos paisajes. Haro ya no era lo que al llegar me pareció. Haro es espectacular.
Visité algunas bodegas y en una de ella, no quiero decir el nombre por si me acusan de hacer publicidad, me agasajaron junto con otros visitantes, con un aperitivo que bien podría decirse comida por la cantidad de platos que había.
Avanzada la tarde me dirigí a la capital Logroño. Me instalé en un precioso hotel en el centro de la ciudad. Pedí información de donde ir de cena y me recomendaron ir de tapeo en vez de ir de cena. No recuerdo el nombre del barrio pero si recuerdo el nombre de la calle principal. Calle del Laurel. Si la Herradura de Haro me enamoró, la calle Laurel me dejó sin poder de reacción. Es algo que nunca había visto. El ambiente desborda todas las expectativas que alguien pueda tener sobre la marcha nocturna en una ciudad. Bares más bares, vinos más vinos, tapas más tapas, gentes alegres cantando, riendo y como si todos fueran amigos. No me fue difícil entablar amistad con una cuadrilla en la que iban chicos y chicas recorriendo los bares y tomando sus vinos siempre acompañados de tapas a cual mejor. La gente se saluda por la calle entre sí como si todos fueran amigos. Pregunté sobre este particular y me dijeron que es lo normal en La Rioja. Que es muy normal saludar aunque sólo sean conocidos de hace unas horas y yo puedo dar fe de que es así porque al cabo de poco rato de contactar con la gente de mi cuadrilla me sentí como una más. Otra noche que casi tengo en entrar en el hotel a gatas para no caer.
Al día siguiente recorrí la ciudad visitando los lugares más conocidos y típicos. Un ciudad muy bonita que encierra desde el puente de piedra hasta lo mas moderno el estadio de fútbol de Las Gaunas. Una ciudad muy elegante con un entorno muy industrial que a nadie deja indiferente.
Tocando ya el final de mi viaje me dispongo a viajar hacia Madrid pero antes me aconsejan visitar Santo Domingo de la Calzada. Así que por la mañana arranco mi coche y tomo la carretera con dirección a Burgos. Al pasar por Navarrete no puedo por menos que hacer una parada para contemplar las grandes extensiones de viejos viñedos bañados de colores infinitos que parece un cuadro pintado por uno de mis pintores preferidos. Mi cámara de fotos enloquece captando una tras otra las imágenes que aquellos parajes me ofrecen.
Continúo hasta Najera y otra vez vuelvo a parar y otra vez vuelvo a fotografiar las tierras riojanas que poco a poco me van robando el corazón. Con tanta parada se va haciendo tarde pero por fin llego a Santo Domingo de la Calzada a la hora de comer y pregunto por un restaurante. Me recomiendan un montón de restaurantes entre ellos el Parador Nacional situado junto a la Catedral. Cuando lo vi no puede por menos que exclamar: Guauuuu. Aquí me quedo y que Toledo espere porque esto no me lo puedo perder.  Reservé una habitación para pasar una sola noche pero no fue suficiente un día para recorrer la zona. Visité San Milán de la Cogolla y sus monasterios. Ezcaray y su estación de esquí Valdezcaray que por casualidad había amanecido con una pequeña capa de nieve. Las vistas desde lo alto de la montaña eran especulares. Por la noche recorrí los lugares donde se acababa de rodar una serie de televisión y acabé cenando en un famoso restaurante cuyo nombre quizás no debería mencionar pero no puedo ni quiero evitar hacerlo, Echaurren. No va más. Hasta aquí llegamos.
Ya en la habitación del parador cansada pero encantada, pensé que al día siguiente era la noche de Halloween y tenía que regresar a mi casa porque mi familia y mis amigos me esperaban para la celebración.
A la salida de Santo Domingo de la Calzada,cruzo el puente sobre el río Oja por el punto donde dice la leyenda que Santo Domingo ordenó a las aguas que se sumergieran para que los peregrinos que iban a Santiago pudieran cruzarlo y antes de perder de vista el pueblo paro, hago mis últimas fotos y me digo a mi misma. Si un día me pierdo que me busquen en La Rioja