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ESPERANDO A MI HIJO /  INÉS ESPINOSA  /  18-12-2013
Eloísa miraba por la ventana de su habitación a través de los cristales empañados debido al frío invernal que azotaba la montaña en aquel mes de diciembre.
Espera ver llegar el Mercedes Benz, que hacía tres años ella misma había regalado a su hijo, que la llevaría a comer a algún restaurante de la ciudad como solían hacer los domingos.
Pero esta vez, como los últimos seis domingos, el Mercedes no llegará. Arnau, su hijo, tiene otros compromisos y no puede visitar a Eloísa que desde hace dos años está internada en una residencia para ancianos situada en la falda de la montaña. Eloísa no protesta por estar encerrada en una residencia. Está muy bien cuidada y disfruta de una habitación amplia y con todas las comodidades que pueda desear.
Absorta en sus pensamientos disculpaba a Arnau igual que lo había hecho siempre.
La noche en la que murió su marido, Arnau llegó tarde al hospital debido a unos problemas de trabajo que le retuvieron. Cuando llegó, su padre ya hacía horas que había muerto y Eloísa seguía mirando por la ventana de la habitación del hospital esperando que llegase su hijo para comenzar los tramites necesarios para la incineración de su marido.
Mirando el reloj, recordaba aquel día que Arnau salió por primera vez con los amigos. Eran las seis y doce minutos de la mañana y la luz del día empezaba a entrar por la ventana del dormitorio. Sigilosamente, para no despertar a su marido, llegó a la habitación de Arnau y vio que estaba vacía y la cama como ella la había dejado la mañana anterior. Eloísa no pudo dormir en toda la noche. El miedo a que pudiera pasarle algo no le permitió descansar y estaba agotada de tanto mirar por la ventana esperando verle llegar. Cuando por fin llegó, la culpa de su tardanza fue del metro que no funcionaba en toda la noche y no tenía modo de llegar a casa.
Eloísa siempre había sido un poco inquieta. Recordaba aquella tarde que nerviosa paseaba por la acera delante del colegio esperando a que su hijo saliera. Era el primer día de colegio de Arnau y Eloísa, como todas las madres en igual situación, estaba preocupada por saber cómo le había ido. Si saldría contento, si habría llorado y sobre todo si habría comido bien.
Arnau salió saltando, gritando y jugando con sus nuevos amigos.  Se acercó corriendo a su mamá, cogió con prisa el bocadillo que Eloísa le había preparado y corrió nuevamente a jugar los últimos minutos que le quedaban con sus compañeros antes de que cada uno se fuera a su casa.
Esperar que el reloj marcase las doce delante del Parvulario Chiquilín, como se podía leer en la puerta, se hacía eterno. Hacía tres horas que Eloísa había dejado a su hijo y eran las tres primeras horas desde su nacimiento que se separaba de él. A pesar de que las cuidadoras le habían causado muy buena impresión y le habían tranquilizado diciendo que todos los niños estaban muy bien cuidados, ella no podía dejar de pensar que su hijo era diferente a todos y seguro que estaba llorando su ausencia.
Cuando por  fin se abrió la puerta y pudo acceder al interior, su mirada buscó con ansiedad la cuna en la que Arnau dormía plácidamente ajeno a todos los nervios que Eloísa estaba pasando.
Al verlo sintió un gran alivio por la tranquilidad con la que dormía pero bombardeó a su cuidadora con decenas de preguntas acerca de cómo había pasado la mañana Arnau.
Al mismo tiempo que sentía alivio, sentía un poco de rabia al ver que su hijo la había ignorado durante tres horas. En el fondo de su ser, esperaba que la cuidadora le hubiera dicho que el niño había llorado porque no encontraba los brazos de mamá.
Eloísa sabía aguantar el dolor y el sufrimiento pero esta vez pensaba que se le partiría el vientre y que en cualquier momento podría desmayarse. Agarrada con fuerza a la mano de su marido, que sentado al lado de la cama le secaba el sudor que brotaba por todos su poros, pensaba que cualquier dolor es soportable para una madre sabiendo que en muy pocas horas podrán tener en sus brazos al hijo que durante nueve meses habían estado esperando.
Arnau llamaba desde su vientre pidiendo paso para llegar y ella no debía y no quería oponer ninguna resistencia.
La llegada de Arnau cambió la vida de Eloísa y su marido. La alegría llenó cada rincón de su casa y la felicidad se instaló para siempre entre ellos fortaleciendo el amor que desde que se conocieron sentían el uno por el otro.
La enfermera abrió la puerta de la habitación y vio que Eloísa seguía mirando por la ventana entrada ya la noche.
Es hora de dormir Eloísa, es muy tarde y necesitas descansar. Puede que mañana tengamos un día soleado y podremos pasear un rato por el jardín.
No puedo acostarme aun señorita, estoy esperando a mi hijo Arnau.
La enfermera miró con pena a Eloísa que con una sonrisa en sus ojos preguntó.
Usted señorita no tiene hijos?
No Eloísa, ya sabes que no tengo hijos. Pero los tendré porque aun soy muy joven.
Cuando los tenga sabrá usted lo que es esperar a un hijo.
Pero, Eloísa, cuánto tiempo llevas esperando a tu hijo?
Hoy hace cincuenta y siete años que lo esperé por primera vez.