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VOLAR SOBRE LOS COCHES  /  PAULA HERVÁS JIMÉNEZ  / 15-01-2015
Esta mañana he despertado antes de lo acostumbrado. Aún no había comenzado a amanecer y ya estaba listo para ir al trabajo.
El reloj marcaba las 6:30 y ya estaba totalmente despejado así que he decidido salir de la cama y como siempre preparar una café con leche, unas tostadas y un zumo de naranja que en invierno va muy bien para protegerse contra el resfriado.
Me he afeitado, me he dado la ducha de costumbre y me he vestido con el traje azul oscuro, camisa azul cielo y corbata con tonos azulados. Todo muy conjuntado como me gusta.
Con la bolsa del portátil en la mano, he salido a la calle dispuesto a ir al trabajo caminando ya que como iba con tanto tiempo no valía la pena coger el coche.
Creo que he acertado porque la calle estaba totalmente colapsada por los coches. Un gran atasco producto posiblemente de algún accidente o quizás de una manifestación de antisistemas tan frecuentes por mi barrio.
Cuando el semáforo se ha puesto verde para peatones, ha sido imposible cruzar porque los coches estaban totalmente parados y era imposible cruzar. No he querido arriesgarme a cruzar.
Por segunda vez cambia el color del semáforo para peatones y todo sigue igual. Nada se mueve. Ni los coches ni los peatones tienen la menor posibilidad de seguir adelante.
Un poco disgustado por la situación decido saltar por encima del coche que tengo al lado de la acera y cuál es mi sorpresa al ver que me mantengo en el aire perfectamente por encima de los coches. Decido continuar planeando hasta la otra acera mientras pienso en la leche que me voy a dar al llegar, contra los edificios o al caer en la acera. Pues otra fuerte sorpresa. Ni contra la pared ni contra el suelo. Aterrizo suavemente en la acera como si lo hubiera hecho toda la vida. Y la gente, curiosamente, ni se sorprende por mi vuelo ni se preocupa por mi aterrizaje. Sin duda no es la primera vez que lo hago, pienso entre mi, y por eso la gente lo debe ver normal.
Debo reconocer que todo esto me sorprende tremendamente y hago el resto del camino hasta el trabajo dando vueltas a lo que acabo de vivir al cruzar la calle. Por un momento pienso si estaré soñando pero todo es tan normal como que la churrera está en su puesto de venta, el señor de los periódicos está colocando los diarios y la gente que camina a mi lado es real y muchos de ellos, conocidos de otros días.
Sin conseguir sacarme de la cabeza el vuelto que acababa de realizar, llego al portal de mi trabajo y observo que conserje de noche y el de las mañanas se estaban despidiendo y para no distraerles decido no saludarles. Quizás se hubieran sorprendido al verme llegar tan pronto y no tenía ganas de darles explicaciones de por qué era y mucho menos contarles a esas horas de la mañana, mi vuelo que se estaba convirtiendo en una pesadilla.
Tomo el ascensor y pulso la tecla de cuarto piso. Al llegar veo que hay luz en la oficina y pienso que será el personal de limpieza que aún no han acabado. Pero no es el personal de limpieza sino la Srta. Laura, mi secretaría personal que también había llegado antes que de costumbre.
Estaba hablando por teléfono y no quise molestarla. Tuve la impresión de que ni tan sólo había detectado mi entrada.
Encuentro la mesa de mi despacho llena de correspondencia como si hiciera una semana que nadie la abría y los periódicos de varios días atrasados.
Tomo el primer periódico y lo abro para ver las noticias cuando suena el teléfono.  Recuerdo que Laura estaba hablando por otra línea por lo que me dispongo a responder pero cuando voy a descolgar ella ya había cogido la llamada.

Buenos días, le oigo decir.
No,  el señor Julián Girau ya no está con nosotros.
No, no se ha jubilado. Ayer lo atropelló un coche y falleció, comenta  Laura entre sollozos.

Caramba. Pero si Julián Girau soy yo. Que por cierto no he tenido tiempo de presentarme y tampoco lo voy a hacer porque ya no sé si he salido del despacho por la ventana, por la misma puerta por la que he  entrado o quizás he cruzado alguna pared.
De repente ha desaparecido mi preocupación por el vuelo, ya no he vuelto a pensar en cómo he podido hacerlo. Ahora sé que lo normal es caminar entre coches. No volar sobre ellos.